miércoles, 23 de junio de 2010

La conspiración de la fortuna


La conspiración de la fortuna novela de Héctor Aguilar Camín (Chetumal, Quintana Roo, 9 de julio de 1946) es un empresario, novelista e historiador mexicano.

Las sagas familiares de los autores de habla castellana del otro lado del Atlántico me resultan lejanas en la cotidianidad que presentan aunque me gustan algunas frases que me llaman la atención por universales. A continuación algunas de ellas.

-En el juego de la vida, o del destino, la gente no llega tan lejos como augura su talento, sino como permiten sus limitaciones. Somos tan grandes como nuestros límites, del mismo modo que nuestro cuerpo vive hasta que muere la más débil de sus partes esenciales.
-Me caso con ella para toda la vida. No por amor, por interés. También por amor, pero sobre todo porque nos conviene de sobra a los dos. Vamos a ser, si no felices, duraderos. Los japoneses dicen que el amor pasa pero los intereses duran toda la vida.
-Los amigos nos acompañan y nos vigilan. Nos desean lo mejor y lo peor. Nos miden con ellos mismos, celebran y se duelen de nuestros triunfos tanto como de nuestras caídas. Son nuestro espejo hipócrita, nuestros fraternos rivales.
-Desde entonces no puedo sino aceptar la paradoja esencial del arte de la política, a saber, que tratándose de la más seria y noble de las ingenierías, la ingeniería destinada a ordenar las pasiones humanas, no puede ejercerse ni el más alto de sus momentos sin una dosis de perversidad o de malicia.
-La facilidad con que daba soluciones le creó fama de prepotente. Su diligencia fue vista como soberbia; sus ganas de ayudar como intromisión.
-Santos ganó todos los juicios legales de la ofensiva en su contra, pero quedó hundido en el caldo de las larvas de la difamación.
-Pensó siempre como suelen pensar los padres que habría tiempo después para los hijos, un lugar donde encontrarse y recobrar lo perdido. No es así, desde luego.
-Esa otra forma de negarse que es aplazar.
-Supongo que desde el principio de los tiempos la diferencia fundamental entre Santos y yo es que él sabía ver el mundo como era mientras yo necesitaba elaborarlo para que tuviera sentido.
-Déme algo en qué creer y yo les daré las razones para creer en eso.
-Con un poco de humor y distancia, los caídos pueden reír a carcajadas en medio de la desgracia.
-¿Usted cree que es un bandido? Sin duda. Y algo peor: está orgulloso de serlo.
-Los hombres necesitamos distracciones, las mujeres también. Yo en la vida privada de mis mujeres no me meto.
-El destino urde con lentitud pero golpea con rapidez.
-Usted es un buen amigo de sus amigos pero los conoce mal.
-No éramos ya nosotros sino lo que quedaba de nosotros.
-Los muertos nos recuerdan que estamos vivos.
-Entendí que iba a dar su propia guerra, pudiera ganar o no, por el puro riesgo de librarla, porque no podía imaginar el mundo, ni a sí mismo, fuera de ese intento.

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